Luego de un 5 de febrero largo y triste, uno termina por entender que no queda más que seguir aquí, viviendo, remándola. Por ti mismo y por todos los demás que permanecen a tu lado.
Al parecer la vida está llena de finales, pero que significan nada más que un nuevo angustioso comienzo.
Y yo no sé si es lo mejor o lo peor, pero las cosas que pasan, todas o por lo menos casi todas son, impresionantemente inesperadas. Sentimientos, hechos y más hechos que terminan siendo, sin querer queriendo, cosas que pasan pero que te marcan y te hacen lo que eres.
Hay una tenue emoción dentro mío que se opaca por los recuerdos aún frescos de una partida dolorosa, es algo así como la emoción cuando descubres que patinar no es tan difícil como se ve.
Estos encuentros mundanos, hermosos y perfectos, se convierten en un mar de anhelos y pequeños latidos de corazón que significan más de lo uno puede llegar a planear. Están ahí mirándote, meneando la colita como perrito callejero con ansias de caricias, es imposible pasar de largo, están ahí. A veces te piden que continues, otras veces te piden que lo dejes atrás.
"Hay veces que la vida exige un cambio. Una transición. Como las estaciones. Nuestra primavera fue maravillosa, pero el verano se ha terminado… y nos perdimos el otoño. Y ahora, de repente, hace frío, tanto frío que todo... se está congelando..."
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